Soñando en 35 mm.

Blog del director de cine Oscar Parra de Carrizosa

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Funeral de payaso.

Como autor, siempre he creído que las historias más grandes no ocurren en los palacios, sino en esos salones de extrarradio donde el papel pintado se despega por la humedad y el aire se detiene en seco. «Funeral de Payaso» nace de una obsesión personal: la dignidad del náufrago.

Corría agosto de 1996. Ese es el marco temporal que elegí para encerrar a mis personajes en una olla a presión emocional. En aquel entonces, la realidad no se filtraba con filtros de Instagram; se revelaba en Polaroids mal encuadradas y se combatía con polos de limón de hielo quebradizo. En ese escenario, donde el sudor humilla cualquier intento de elegancia, es donde Justo, Antonio y Luis José intentan sostener una farsa que es, en el fondo, su única tabla de salvación.

Salón de náufragos.

Bien podría haber sido el título de este cortometraje. Para profundizar en la esencia de este «salón de los náufragos», es fundamental detenerse en la trinidad que sostiene el delirio de «Funeral de Payaso». Porque este cortometraje no va de una mentira, sino de tres maneras muy distintas de intentar sobrevivir a la desesperanza en agosto  de 1996.

Los personajes

Justo: El teatro como armadura Justo es el corazón del naufragio. Hay algo de tragedia griega en un hombre que, rodeado de paredes de gotelé, decide que su salvación es una sesión de fotos sobre una Ciclostatic y una camisa de seda que le queda tres tallas grande. Justo no posa; él se cree el icono. Sus hombros caídos por el peso de una tela que no es suya son la metáfora perfecta de su existencia: un niño disfrazado que busca desesperadamente una «fuerza dramática» que lo aleje de la mediocridad del extrarradio. Es el hombre que prefiere parecer una «mortaja robada» antes que aceptar que es, simplemente, un tipo que suda en un piso de Madrid.

Antonio: El cinismo del polo de limón En el otro extremo está Antonio. Si Justo es el fuego de la sobreactuación, Antonio es el hielo —literal y metafórico— de un polo de limón. Su mirada es la de quien contempla un accidente de tráfico: no puede dejar de mirar, pero lo hace con una distancia glacial. Antonio es el ancla que no quiere serlo; es el hombre que muerde el hielo mientras desmorona los castillos de naipes de los demás con una frase lapidaria. Su cinismo no es maldad, es su sistema de refrigeración personal ante un mundo que le parece absurdo.

Luis José: La fragilidad bajo la faja Y luego está Luis José, el personaje que carga con el peso físico de la mentira. Su lucha es interna y corporal. Es el hombre que mete tripa hasta casi romperse una costilla, el que teme que su cuerpo sea comparado con una «bolsa de Matutano» como le  ocurre a su hermano Justo. En Luis José vemos el terror más puro al juicio ajeno. Su inseguridad es el motor que lo obliga a seguir el ritmo de Justo, a pesar de que el calor y la faja le impidan respirar. Es la pieza que nos recuerda que fingir duele, físicamente.

Pero esta historia no sería posible sin sus dos pilares silenciosos: Ana y Juanma.

Si Justo es el teatro y Antonio es el cinismo, Ana es la mirada sin filtros. Ella es el ancla. Representa esa cordura que no juzga, pero que tampoco se deja engañar por las poses ensayadas. Ana es quien sostiene los trozos de esa familia elegida cuando el calor amenaza con derretirlo todo; es la que sabe que, para salvar a alguien, a veces hay que permitirle que mienta un poco más.

Y luego está Juanma. Él es el motivo, el centro de gravedad de este pequeño universo. Juanma representa esa juventud que observa el naufragio de sus mayores con una mezcla de desconcierto y ternura. Es por él por quien se levanta el telón en el salón y por quien se ensayan discursos de grandiosidad. Sin revelar hacia dónde camina su destino, Juanma es el espectador de lujo de un sacrificio que solo se entiende cuando se mira desde el cariño más profundo.

Escena artística con hielo y objetos vintage en estilo cinematográfico.
Fotograma de Funeral de payaso

La estética del desguace.

Escribir este guion ha sido un viaje hacia lo que yo llamo «la estética del desguace». Me interesaba explorar cómo un hombre puede subirse a una bicicleta estática y creerse un icono de la televisión mientras lleva una camisa tres tallas más grande. Hay algo profundamente poético en ese contraste: el deseo de ser extraordinario cuando el entorno te grita que eres invisible.

Al final, este cortometraje trata sobre el momento en que se apaga la música y solo queda el ruido del ventilador. Es ahí, en el silencio después de la representación, donde surge la belleza. Porque, bajo la mirada de Ana y la esperanza de Juanma, hasta un «niño disfrazado» o una «mortaja robada» pueden alcanzar una fuerza dramática impresionante.

Bienvenidos a este agosto infinito. Pasen, siéntense y, por favor, no se fijen en el polvo en suspensión. Lo que importa es el milagro que está a punto de ocurrir entre esas cuatro paredes.

Óscar Parra de Carrizosa

Un comentario en «Funeral de payaso.»

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