Once campanadas: el eco de una noche interminable.
Hay noches que parecen no querer terminar. Noches en las que el tiempo se repliega sobre sí mismo y lo cotidiano adquiere un tono distinto, como si alguien hubiera bajado la intensidad de la luz o cambiado la textura del aire. Once campanadas nace justo en ese borde donde la realidad se vuelve sospechosa y cada gesto habitual, una llave, un portal, una conversación ligera, comienza a desajustarse.
El guion juega con lo más cercano: la rutina, las prisas, las pequeñas bromas que sostienen cualquier regreso a casa. Y es precisamente en esa familiaridad donde se abre una grieta. Como espectadores, nos reconocemos en esas calles mojadas, en los relojes que marcan la hora, en el murmullo de una noche de fin de año. Y, sin embargo, hay algo que no encaja.
Rodar con gente a la que quieres
No dejo de repetirlo. Pero es que, para mí, es ya una verdad absoluta. Rodar con amigos es una auténtica bendición. Laura, Pablo, Alberto, José Luis, son imprescindibles, tanto en mi vida como en mi filmografía. Y este año 2025, el año más cinematográfico de mi vida (una película y tres cortometrajes) dan fe de ello. Ayer mismo, disfrutando de un ligero picnic en la piscina con varios de los artistas, comentaban lo inesperado del final y las ganas de rodarlo. Y eso es lo que vamos a hacer en breve.
La historia propone una reflexión envuelta en misterio: ¿qué ocurre cuando lo normal deja de serlo? ¿Hasta dónde llega nuestra confianza en el tiempo y sus relojes, en las certezas que parecen intocables?
Lo verdaderamente inquietante de Once campanadas no está en los sobresaltos, sino en esa duda que se instala poco a poco: la de sentir que lo que siempre nos sostuvo puede volverse extraño en un instante. Una campanada repetida, una luz ausente, un gesto fuera de lugar.
Y entre la tensión y la sonrisa, el guion nos recuerda que seguimos siendo humanos incluso en lo inexplicable: intentando bromear, buscando explicaciones, resistiéndonos a aceptar lo que se escapa. Porque, al fin y al cabo, esa es nuestra manera de habitar el misterio.
Quizá por eso Once campanadas me gusta tanto: nos recuerda que la normalidad nunca es tan sólida como creemos, que basta un leve giro del tiempo, una cerradura que se resiste, un tañido imprevisto, para desmontar el andamiaje. Y que, incluso frente a lo inexplicable, seguimos reaccionando con lo único que sabemos hacer: ironía, incredulidad, un café en la mano.
